Maradona: criticarlo, sí; negarle reconocimiento, no

El otro día leí en una noticia del diario La Nación a un lector que comentaba: “¿Hasta cuándo le vamos a tener que agradecer a Maradona lo del’86? Ya pasó mucho tiempo, ya fue.” No me sorprendió por su originalidad, ya que aquello de que “pasaron más de 20 años” es uno de los eslóganes más repetidos por los practicantes de este deporte innoble que consiste en criticar a Maradona lo más duramente posible por cualquier tema imaginable. Más allá de lo notable que resulta que un argentino desconozca la máxima gardeliana de que “20 años no es nada”, aquel comentario me hizo advertir la confusión de ideas detrás de aquella crítica.

Yo vi jugar a Maradona. Y viví en Buenos Aires los gloriosos días de 1986, así como también las heroicas jornadas de 1990. No recuerdo otros momentos de mayor felicidad colectiva en Argentina. Con excepción del convencimiento que compartimos sobre la argentinidad de las Islas Malvinas, no recuerdo tampoco ningún otro momento de unanimidad nacional. Aunque más no sea por eso, yo personalmente estoy agradecido a Diego Maradona. Mi vida ha sido mejor gracias a haber coexistido con Maradona. Esos momentos son un buen resumen de por qué lo digo.

Sin embargo, aquellos que hoy tienen 25 años o menos, que sólo vieron jugar a Maradona en CD o en You Tube, y que no tuvieron la experiencia de los días que yo refiero, no tienen por qué sentir gratitud. También  comprendo, por ejemplo, que hinchas de River Plate de cualquier edad sean reacios a expresar agradecimiento alguno.  En otras palabras, la gratitud hacia Maradona no es algo que necesariamente tengamos que compartir todos (dejo a un lado la hipocresía de quienes hoy lo insultan, pero ayer clamaron por su vuelta, como aquel 5 de septiembre de 1993 cuando en el Monumental, mientras la selección de Colombia nos metía cinco goles, el estadio entero vitoreaba a un Maradona que, en la tribuna, pedía que apoyaran al equipo).

Si el agradecimiento no tiene por qué ser generalizado, la obra de Maradona sí merece el reconocimiento no ya argentino, sino universal. Del mismo modo que aún hoy se recuerdan con respeto y admiración los cinco títulos mundiales de Juan Manuel Fangio (¡conseguidos hace más de medio siglo!) o los éxitos de Guillermo Vilas, los logros de Maradona en el terreno futbolístico también lo hacen merecedor de una consideración permanente.

La consideración no impide la crítica ni a Maradona, ni a Vilas ni a nadie. Uno puede criticar a su propia madre, pero el reconocimiento por lo que ha hecho por él hace que el hijo no traspase determinado límite. Algunos dirán: “yo lo respeto por lo que hizo como futbolista, pero no como técnico ni como persona”, como si fuera posible diseccionar una personalidad cual rompecabezas. Es tan absurdo como decir “respeto a Fangio como piloto, pero no como vendedor de Mercedes Benz”. O como pretender opacar la obra deportiva de Vilas por su paso por la música “house”.

En suma, quien no quiera agradecer nada a Maradona, está en su derecho. En cambio, quien traspase en su crítica la línea del respeto que Maradona merece como uno de los más excelsos exponentes de la historia del deporte más popular, se estará situando en el grupo de los desmemoriados y hasta en el de los ignorantes.  Tampoco me extrañaría demasiado que sean muchos los que elijan éste último camino, pues es práctica común desde siempre en Argentina el convertir en villano al héroe de ayer: Santiago de Liniers, ídolo de la reconquista de Buenos Aires en las invasiones inglesas de 1806 y 1807, acabó sus días fusilado como traidor a la patria.

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